las ricas galletas mexicanas

Y celebró la Muchacha su cumpleaños, y como es así de natural pizpireta y simpática y encima cuida sus amistades, a la reunión asistieron unas treinta y cinco personas, o treinta y seis si contamos a la vecina que vino a decirnos que nos callásemos y que iba a llamar a la policía, y entre todos –menos la vecina indignada y la policía, que no vino y si vino nos pilló fuera de casa, por los bares de la zona– realizamos una ingente labor de reseteo del alcohol existente en el palacete, consiguiendo dejar escurridas y secas absolutamente todas y cada una de las botellas que había en la casa, incluidas una de suavizante y otra que, llena de agua turbia, la Muchacha utiliza, normalmente, para regar sus plantitas.

Toda esta gente fue suficiente para que un físico intrusista se quedase con unos cuantos incautos al hacer el experimento de la paradoja del cumpleaños, y para englobar dos continentes y un océano, porque entre los asistentes había unos cuantos mexicanos. No todos los que la Muchacha conoce, naturalmente. A uno de ellos le preguntó por otro que no había podido cruzarse diez mil kilometrillos de nada para asistir a su cumpleaños, y este, acordándose de pronto, le dijo que oh, que sí, que le mandaba recuerdos, y que también le había mandado una caja de galletas, “que por cierto, estaban riquísimas”. Resulta que las galletas no pudieron cruzar el charco: las dos maletas que pretendía traerse para el viaje el portador de las galletas les parecieron excesivas a las gentes del aeropuerto del DF, y el buen mexicano no tuvo más remedio que sacar todo lo que llevaba en una de ellas y embutirlo dentro de la otra. En el proceso la pobre caja de galletas por lo visto crujió, se retorció agónica y soltó una lluvia de miguitas, así que por evitar el disgusto de verla así, moribunda y horripilante, el buen mexicano no tuvo otro remedio que darse un festín con los restos de la caja, y tirarla a la basura.

La Muchacha le miraba contarlo, mientras él hacía gestos y ponía ojitos inocentes, esos ojitos inocentes que, sospecho, ya no valen de nada de gastados que los tengo yo de ponérselos. Y cuando terminó, con una voz gélida y mirada cortante, dijo

–Pues nada, dale las gracias por las galletas, dile que a ti también te gustan mucho.

A lo que el mexicano respondió

–Uy, sí, la verdad es que estaban riquísimas.

Y luego nos echamos a reír y dimos una última batida por los restos de todo lo bebible que pudimos encontrar, y nos fuimos a los bares, a tomar al asalto Madrid, desguarnecida y semidesierta con tantas vacaciones y tanta operación Sortie. Digooo, Salida. Operación Salida. Eso. Salida. Sí.