Barcelona

El sábado tuvo lugar el Encuentro de Blogs Literarios 2013, sobre el tema Literatura Basura. No es que nosotros necesitemos mucha excusa para visitar Barcelona, sobre todo la Muchacha, pero cuando vemos una tenemos difícil resistirnos. Así que hicimos un par de maletas, preguntamos a nuestra cabeza de puente allí (y estupenda amiga, claro) si nos dejaba su casa, y cogimos un tren que en poco más de tres horas hizo la magia de que uno va por ahí por Atocha arrastrando la maletita que traquetea TRRR en el adoquinado y de pronto uno va por Sans arrastrando la maletita que traquetea por el adoquinado, TRRR, y lo único que ha cambiado es el paisaje, el paisanaje y un ligero olor a mar y a humedad.

¿El encuentro? Bueno, el encuentro fue bien. La Muchacha participó en el último panel, “Literatura Basura y redes sociales”, donde habló de su experiencia como community manager de cierta editorial de la que no voy a decir nada, porque quiero que tenga este párrafo un cierto aire bucólico y no habría forma de seguir por ahí y mantenerlo. Como se encargó luego de señalar Miguel Herranz Farelo, El viajero lento, como fue la última fue la única a la que, al terminar de hablar, el público aplaudió.

Que por cierto, a Miguel yo lo quiero con locura porque, cuando nos conocimos, hace ya un año o así, se acercó a mí sin que yo tuviera ni idea de quién era y me dijo, con los ojitos brillantes, “perdona, ¿¡eres David Ruiz, el de Manual para coyotes!?” Entendedme, es la primera vez que me ha pasado algo así. Bueno: es la única vez. Es mi Fan, y por tanto yo lo querría aunque fuese un psicópata nazi con los brazos embadurnados de sangre de bebé hasta los codos, así que es una cierta desilusión que mi cariño hacia él no se vea puesto a prueba, por ser, como es, un tipo absolutamente encantador y un orador cuerdo y simpático.

Lo digo porque él también intervino en las charlas, como participante. En realidad yo también lo hice, como público, pero recuerdo poco de mi propia intervención: sólo que no tuvo mucho sentido, que insistí en que la mayoría de los lectores son idiotas que no merecen disculpa y que menté a David Foster Wallace. Probablemente lo de llamar idiotas a los lectores no sea una idea muy buena cuando uno ha escrito un libro, pero vamos a dejarme aquí temblando en la cuerda floja y ya sigo con eso otro día, y así tengo un buen motivo para volver aquí pronto.

Porque hoy, en realidad, venía a otra cosa. Así que volvamos al principio. Hemos ido a Barcelona…

Y allí, tras el encuentro, quedamos con amigos de allí. Amigos de la Muchacha, casi todos ellos (a Paula la contaré como mitad y mitad, por mucho que venga de parte de ella). Particularmente un par de amigas a las que no veía desde bastante antes de conocerme a mí y a las que yo miraba con el mismo recelo con el que uno mira a los personajes que aparecen de pronto durante la quinta temporada de una serie, después de que un personaje les mente por primera vez con una frase del estilo de “¿te acuerdas de Arancha, verdad? ¡Te he hablado mucho de ella!” Y la verdad es que yo no las recordaba. Luego, por lo visto, sí que me había hablado de ellas, pero otras dos cosas que tampoco dejo yo pasar mucho son 1. la posibilidad de alimentar la paranoia y 2. la de proyectar a la vida las reglas de las series de ficción, así que me mantuve en mis trece y hasta les comenté el tema a las amigas de la Muchacha y las advertí de que en adelante andaré atento por si las veo aparecer de secundarias o, peor, de protagonistas en otras series. Me dieron unos golpecitos en el hombro y me señalaron a la Muchacha, que ya venía corriendo con un vasito de agua y la pastillita azul.

El caso es que, cuando nos volvimos a casa, la Muchacha me dijo: “y eso es todo: yo creo que ya conoces a todos mis amigos”. No está mal: nos ha llevado 5 años, entre la gente de aquí, la de Alemania, la de México y la de Irlanda. No está nada mal: a ella le llevó como 10 minutos conocer a todos mis amigos. Lo que me ha hecho pensar en aquello que cantaba el idiota del Bruce Dickinson en una mala canción de que se pueden contar los amigos de verdad con los dedos de una mano: una leche. Podemos los idiotas como Dickinson y yo, a los que tan poca gente debe soportar. Ella, perfectamente, puede contar sus amigos por docenas.

Yo, ya digo, pocos, contados, y encima desaparecidos. Entre la tendencia de la vida a plantear divergencias y los giros del camino que hacen que uno pierda de vista a algunos (que ha pasado mucho, pero que no ha sido lo más dramático ni de lejos: lo más dramático fue certificar, por ambas partes, la muerte de una amistad, una cosa rara y amarga que no le recomiendo a nadie), me quedan cuatro, de los que uno anda por México, el otro por la sierra y otra que, ¿cómo decirlo?, se ha hecho autista. Cierto es que el tiempo ha acercado a nuevas personas, nuevos amigos. Pero también que hace diez años pasaba como siete horas semanales al teléfono, preguntando cómo te va y contando la vida en porciones semanales (de nuevo, un serial), y ahora qué queda, silencio, alguna cena, alguna partida de póquer.

Y les hecho de menos.

Y quería contarlo, aprovechando que ya no nos lee nadie.