Naturaleza viva

Paseamos Valentín y yo frente a muros de pizarra, granito o ladrillo, coronados por rejas de forja y ominosos carteles de seguridad. Tras los muros, a veces los barrotes permiten distinguir jardines euclídeos de setos esculpidos, césped de rapado militar, árboles diminutos cuadrados en formaciones feng-sui. Valentín husmea y cada tres metros levanta una pata y actualiza su blog mundial urinario-olfativo.

Llegamos junto a una alambrada con ese aspecto que tienen las alambradas que se supusieron provisionales, y luego dejaron de serlo. Tras sus rombos herrumbrosos hay una extensión de terreno de pequeñas lomas y diminutos valles absolutamente devorada por la maleza. Las flores, las espigas, las matas y un puñado de encinas crecen salvajes y libres: el campo, la parte salvaje del campo, se ha colado en esta finca y ha hecho su acto okupa, y yo sonrío ante ese caos tan bello con ese amor prudente que tenemos las personas de alma sensible aquejadas de alergia en esta época del año. Y pienso que si yo tuviese un jardín sería este, salvaje y libre, desatendido, autónomo y bello.

Luego recuerdo que existen otras estaciones, que llegará el verano y ese vergel será un secarral, ávido de una colilla mal apagada que en un despiste lo convierta en ceniza, y pienso que, como jardín probablemente fuese útil tan solo la mitad del año, y miro con un nuevo entendimiento a los otros jardines, cuadriculados, regados y atendidos, constantes y mimados.

Y Valentín y yo nos damos la vuelta, él olisqueándolo todo, y yo diría que resignado, si no fuese porque miro de nuevo ese jardín salvaje y pienso que volverán a pasar por él las primaveras, una tras otra, puntuales y voraces, con el atropellarse de los años.