Un Mundo Feliz III: esta vez es personal

Jorge San Miguel is back, bitches!, y lo hace para discutir un dato concreto de uno de los muchos que en su contra se han acumulado aquí. Qué emocionante, no me digan que no.

Vuelve y lo primero que hace es agradecer la atención “aunque los términos no sean siempre los más deseables”. Presentar datos que vayan en contra de la tesis de uno debe ser algo de muy mala educación en eso tan raro de las ciencias sociales. Ya se sabe: educación y buenos términos es decir a todo que sí.

El caso es que vuelve, sin pseudónimo esta vez (estaremos atentos para ver si detectamos el patrón que rige el uso del pseudónimo), para decirnos que la violencia sí decae.

1. Por una definición de función decreciente

Lo hace de una forma curiosa: tratando de refutar que el siglo XX haya sido el más devastador de la historia. Para ello nos habla de los mongoles, en el siglo XIII, y de unas revueltas en China, en el XVI. Lucharé contra la tendencia de jugar con los datos y calcular el ratio de población muerta por año, o incluso por día, o incluso por mongol y día, que ya sería pasarse de macabro, y centrémonos en lo que es una función decreciente: una que según avanza en su eje x, ve disminuido su valor y.

Por poner un ejemplo, la población de burros en España es una función decreciente. Consideremos la población de Valverde de Llerena, en Badajoz, que desde los años 50 del siglo XX ha ido bajando década a década.

¿Ven? En 1960 hay menos habitantes que en 1950, en 1970 todavía menos, etcétera.

Ahora supongamos que en 2020 millar y medio de personas deciden mudarse ahí. Llega San Miguel y dice ¡miren, una función decreciente, porque en 1950 había más gente! ¡Evidentemente la población sigue bajando! Y no, querido San Miguel: una función decreciente no es una que de pronto sube. Todo lo más que podríamos aspirar a decir, en una función con repuntes, es que fluctúa. Así que eso es todo lo que se puede probar sobre el declinar de la violencia en el mundo si uno se dedica a hablar de mongoles y de chinos asesinos de masas. El siglo XX es más sangriento que el XIX, que el XVIII y que el XVII, ergo la violencia militar no decrece, que es la afirmación original y que, contraejemplo mediante, se queda en lo que es: un acto de fe contrario a la evidencia, algo que querer creer, que no es lo mismo que conseguir probar.

De todas formas, y como con una por lo visto no basta, tiene dos estrategias más. La primera es rozar la falacia ad autoritas remitiéndonos a media docena de libros de media docena de autores que, ¡caramba, qué coincidencia!, dicen lo mismo que él. Dejaré como ejercicio para el lector buscar las obras a las que remite en la Wikipedia e ir a las críticas negativas, que las tienen, todos. A mí me interesa más la segunda estrategia.

2. Si es progreso es bueno, y si no no vale

Algo en lo que ya he llamado la atención de San Miguel y que él se niega a ver es una trampa lógica que hace descalificando las guerras mundiales al decir que no son comparables a las anteriores. ¿Por qué? Pues porque son a una escala global y de una contundente tecnología homicida que antes no existía. Es decir, que son consecuencia del progreso, aplicado a la guerra. Pero su tesis, precisamente, es que el progreso reduce las guerras. Así que tenemos que San Miguel afirma que unas guerras cuya capacidad destructiva fue fruto del progreso en su vertiente militar no vale para discutir que el progreso trae paz. El progreso es un juguete de San Miguel y él decide cuándo puede invocarse su nombre y cuándo no. Concretamente lo primero cuando le conviene, y lo segundo cuando sopla en contra. Eso es rigor.

El rigor que asumimos que tendrá San Miguel en las cuarenta siguientes partes de su alegre cantinela para explicarnos por qué el número de refugiados se ha multiplicado en medio siglo y por qué cada vez mueren más civiles en las guerras, y de paso todos y cada uno de los demás datos que se han dado en contra de su tesis de que el mundo es un lugar de paz, amor y economía de mercado.

3. Y una artista invitadaWnQKNVrR

 

Cambiando un poco de tercio y cerrando el círculo (pues ahí es donde todo esto empezó), el sábado tuve una simpática conversación con la educada señora de la foto, defensora de las tesis de Llaneras & San Miguel, a quien pueden echar un vistazo en twitter si quieren, donde firma como Catedràtic de Nagoya, @ianhazlitt.

¿Y cómo apareció esta mujer en mi vida? Así:

Porque evidentemente uno sólo retiutea aquello que cree de corazón. Twitter es el espejo del alma, todo el mundo lo sabe. Pero claro, yo no entendí la mención, hasta que vi su twit inmediatamente anterior. Y así se ganó mi atención: 

Y así, mi corazón:

Esta señora vino a mi vida a decirme que no saber que significa PPP de nacimiento (o de la prestigiosa universidad donde ella lo haya aprendido, si es que no lo sabía e hizo el esfuerzo de redimirse) le convierte a uno en un imbécil incapaz de entender datos. Viene a decir que rebatir datos con otros datos es ir de sobrado, pavonearse y alardear. Viene esta señora a decirme que yo no sé nada de la metodología del asunto y que son los profesionales de la materia los que, con su sentido arácnido, detectan el dato bueno entre el malo. Es decir, la gente de ciencias sociales, como por ejemplo nuestro entrañable fan de las gráficas, Kiko Llaneras, de formación ingeniero de sistemas y de profesión trabajador con modelos matemáticos. Vamos, que un ingeniero de sistemas sí puede distinguir verdad de tontería, pero un matemático no. Tomo nota.

Y después de una entrecortada discusión con que si la renta real aquí o allá (cuando no dejaba de ser un tecnicismo que en nada cambiaba la crítica), que si hay muchos más fallos, pero a una bertinista mariloísta le da pereza ponerse a explicarlos, que no se puede ir por ahí mezclando datos de siglos con datos de décadas -a no ser que esté publicando uno un artículo en Politikon, donde por lo visto eso sí se permite- y, cuando la cosa se puso estadística, que si la media y la mediana daban igual la una de la otra porque se comportaban igual, cuando precisamente aquí las hemos puesto juntas y se ve que la mediana va por los suelos comparada con la media de ingresos.

Vamos, que casi como cantaba Juan Abarca, el mundo no es como es, el mundo es como esta señora diga que es.

Al final, eso sí, dijo esto…

…lo que no deja de ser curioso, porque más o menos (yo no soy estadístico, sino matemático) era, precisamente, lo que hacía.

Y así, por lo visto, es como se hace ciencia. Recapitulando, se dan una serie de opiniones, se revisten de estadística apoyándolas con una serie de convenientes datos, cuando alguien aparece con datos que no encajan con esos se escoge a placer uno de ellos y se debate contra el dato, y no a favor de la tesis, y si hace falta aparece una mamporrera economista a ponerle a uno en su sitio.

Lo siguen llamando ciencia, y no señores, no: es basura.